un buen día te levantas y...

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domingo, 20 de febrero de 2011

Que estrés, a veces, caminar por la calle, supone. Será por eso que a los esquizofrénicos los encierran en centros.

Esta soledad ha venido para quedarse. Está de paso hasta el día de mi somera muerte o reencarnación o inconsciencia de mi existencia. Dicen los hindúes que nacer en forma humana es tan posible como que una tortuga saque la cabecita por una sola arandela que hubiera flotando en el océano.

Esta soledad no es.
Ni mancha ni cruje ni rebulle ni escuece ni ladra por salir a paseo,
sencillamente está.
Resulta innecesario buscarla porque se muestra tan encontrable que parece que no haya más nada fuera de ella, tan muy enormísima ella, toda digna. Ha colectivizado mis viejos recuerdos, en un campo donde ninguna alma trabaja pero todas poseemos (sí o sí). Me deja las plumas cuando muda las alas entre mis sábanas –no se equivoquen, no es el nórdico-. Con ella no cabe llevarse chachi o regular porque…. insisto, está. Como un océano a mi alrededor que me hace inaccesible, clara, redondarellenaazulgrecia y diáfana. Que me convierte en isla. Claro que hay otras islas pero –aviso para navegantes- desechemos la idea de istmos, canales o inventos noruegos para ganarle terreno. Apenas alguna marea, si eso. Y ya está.
Archipiélago, a lo sumo.
I-s-l-a (en singular, porque incluso escribirlo en plural supone una osadía).

Esta soledad tiene pinta de haber estado desde siempre ahí, quizá apabullada o esperando con la calma mientras la tele sin volumen, el patio de mi casa o los check in on line. Ahora que llueve como en César Vallejo, que escribiría Eduardo, comenzamos el proceso de conocernos. Creo que ha llegado el momento porque ya he experimentado en primera persona que la confianza se pierde y gana en una proporción de 1 a 12, respectivamente. Porque hace meses que no me ilusiono jugando a dejar caer el dedo con los ojos cerrados sobre el mapamundi, y a ver qué pasa. Tampoco afilo las alpino, me pongo escotes y quedan por colgar muchos de los acrílicos en la casa donde ahora vivo. Por todo esto, estaba dispuesto que justo ahora nos diéramos de bruces Soledad y yo.

Ella yergue los juncos, luce la postura perfecta de bailar flamenco, pone las arrugas de la frente en paralelo al horizonte, toma consciencia de la nocturnidad de los semáforos (cómo resplandece su verde en la noche), calza en rojo y se corona con una capuchita bermellón. Mira sus muñecas arañadas y las uñas chiquitas –de tan chiquitas, de vaina pierden el nombre para otorgárselo a los dedos y ser exactos muñones- . De donde vengo y el por qué de las cosas, sin Quim Monzó. Va al grano: busca la mirada en mis pupilas y el tacto en mis yemas. Pone atención a si respiro de arriba o de abajo. Y ha estrenado pezones. Siente el agua en la espalda en la ducha y definitivamente, juega en casa: las lindes exactas, de éste, mi cuerpo. Hacendosita abrillanta la mugre y coloca las manos de forma que sean la cuna de un corazón. De mi corazón. Igual que hacen las cuencas con los ojos, cómo si no (el resto son tarjetas de visita).

Y en éstas, re-des-cu-brién-do-me
Re(des)cubriéndome
(redes) cubriéndome
Redes (cubriéndome)
¿a?briéndome

Se me antoja una verdadera odisea de titana ir por la calle. Qué estrés. Y es que hay que estar pendiente de infinitas cosas a un tiempo (que me distraen de la música, de louise hay o del silencio) . Hay que saber poner un pie sobre otro para caminar sin tropezarse con una misma, banzos, elefantes, niños de los que te podrías enamorar, billetes o tablas de planchar. También hay que ponerle cuidado, traspiés al margen, a la lluvia cada 10 metros clavados (3 de cada 2 días) y el percance que supondría ser atropellada con estos pelos así que miremos los monigotes de los semáforos (siempre me dan ganas de dibujarles un corazón o una palabra en el pecho pero, sin saber por qué, me abstengo) y al viento, que se obstina en conseguir que la bufanda se me venga a la cara y deje de poder ver. Y al runrum de la mente, tan predispuesta y entregada a desobedecerme cuando le pido anda-bonica-por-fi no te me cuelgues como un mico de ciertos pensamientos. Y a los ruidos que quedaron dentro de los oídos tras el último virus –más quisiéramos que un dobly sourround-, vaya que se agranden sin enterarme siquiera y toque medicina alopática porque se nos hiciera tarde a la homeopatía, a las visualizaciones, a la acupuntura y a mi. By the way, se me olvidaba, también hay que prestarle atención cuando vas por la calle a no llegar tarde así que toca vigilar el reloj cada tanto sin entretenerse en: hablar con abuelas, mirar escaparates de floristerías, inventarse las vidas de los/las que te cruzas, pisar sólo las baldosas con chicle o creer reconocer a alguien que se fue en seres o cosas para constatar segundos después que ni de coña se le parecen.

Que estrés, a veces, caminar por la calle, supone. Será por eso que a los esquizofrénicos los encierran en centros.

1 comentario:

sociedaddediletantes.blogspot.com.es dijo...

No, no los encierran, pobres, que ya tienen bastante con lo suyo. Solamente puede hacérseles ingresar contra su voluntad por orden judicial, por lo que yo sé. Tampoco están encerrados, están siendo tratados, y precisamente en esta ciudad, muy bien tratados. Y están en los centros el tiempo necesario para su restablecimiento y que puedan caminar por la calle.
Ojalá se hicera mucho más por la enfermedad mental, sus pacientes y sus familiares