la distancia entre contar las horas de sol
y pensar la imagen
-que no la palabra-
de la presencia de la luz
es un bolígrafo acercando su punta a la libreta de cuadraditos azules impresos
o
un pincel húmedo de naranja y linaza aproximándose al
puro lienzo.
llamemos a cualquier cosa "iluminada", pues.
pero existe la palabra "iridiscencia"
(el sustantivo que le va a "plomizo" es "plomo")
es tal la fuerza de la luz al atardecer en verano, que mi cámara no puede con ella y la cree rosario de bolas enfiladas en rayo.
es tal la fuerza de la luz, que atardece como proceso y no como fenómeno anodino (diría una noche polar que cien años dure).
la luz que llega a la arena -y sorolla-
baña igual mi piel que el terrazo
(capaz de tornar campos enteros de girasoles)
baña igual la cigüeña que el majuelo
(convierte en zafiro la arcilla al toque)
baña igual el pilón que el velero
(amaga poesía en los tendales)
y digo baña porque se comporta casi como el agua.
cosa más generosa
impregnando
hablo de la luz que cruza incluso la niebla
con la clari_videncia
con la clari_dad
que sólo los trayectos diáfanos (metafórica y literalmente)
contienen.
la perfecta exactitud
nítida perfilada
de ésas sombras que la luz de la que hablo
-para que me entiendan-
tiene el poder de proyectar
es ésta la luz de la que hablo
es ésta la luz que me habita
-me quiero hacer entender-:
me tocó indeleblemente al nacer,
en pleno invierno (hacía frío, no importa)
iniciado diciembre (más tramo de noche que de día,
tampoco es relevante esto)
y es por esto que mis pupilas se achican aprisa
y es por esto un parto de peca por cada viaje
y es por esto que temo (dios, cuánto lo temo) transitar lugares donde las casas no se encalan. vaya que se me caiga el cielo encima, pues se ve sólido - es el culo de una olla-
y lejos de sacarle destellos al asfalto, parece haberlo arrojado al peso en uno de los abortos de atardecer que sufre cada noche.
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